Cada lienzo es una cartografía emocional.
Pinto la línea entre el caos y el orden: el umbral donde la cordura se encuentra con la locura, donde el sentimiento se convierte en forma. Mi trabajo no es ilustración; es excavación. Cada superficie contiene un registro de la conciencia: tensa, trascendente, liminal, paradójica.
La dualidad en el centro de mi práctica no es un tema que ilustre desde afuera. Es la condición que pinto desde dentro: la misma inestabilidad que nos hace humanos, representada en pigmentos y escalas.
Coleccionar esta obra es tener un mapa de ese territorio interior: no decoración, sino documentación.